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LOS PERROS DOMINANTES - JERARQUIA CANINA PDF Imprimir E-Mail

Los perros dominantes
Los juegos y simulacros de combates a que se entregan los cachorros permiten descubrir cuáles serán los ejemplares «dominantes». Los cachorros dominantes se muestran agresivos y atropellan a los demás, mordiéndolos por el cuello. Son los primeros que se lanzan sobre la comida. La dominación de la madre sobre los cachorros prosigue en la edad adulta. Una perra joven no domina a su madre, incluso siendo mayor y más fuerte que ella.

El hecho de ser dominante es inherente al carácter del cachorro. No es una cuestión de tamaño, ni de fuerza, ni de sexo. Sin embargo, más tarde, los machos más fuertes serán los que se impongan por lo general y los que se conviertan en dominantes del grupo. Es un fenómeno que se observa en cualquier grupo de perros, donde el más fuerte toma iniciativas, dirige los paseos y actúa como jefe. Pero esta supremacía tal vez no sea compartida por otros perros. Puede haber luchas en el seno de un grupo con problemas de alimentación y, sobre todo, cuando se mezcla una perra en celo. Si el jefe resulta vencido, se produce una alteración del orden social y el vencedor tratará de apoderarse definitivamente del primer puesto.

El instinto que impulsa a los perros a imitar al líder es muy fuerte. Si el perro se pone a roer un hueso, si juega o si se lanza a una carrera alocada, los demás le siguen. Este comportamiento permite la unión de los perros de jauría, que durante la caza siguen al perro que va en cabeza.
Cuando dos perros desconocidos se encuentran, se reconoce el que tiene un carácter dominante por el comportamiento agresivo que adopta, pues usa un lenguaje corporal y emite gruñidos. Si frente a estas intenciones dominantes el perro al que se dirigen responde con sumisión, no ocurre nada. Si, por el contrario, este último también es dominante y responde con agresividad, la pelea es inevitable. No cesará hasta que uno de los dos perros consiga someter al otro.

Algunas razas caninas tienden decididamente a mostrarse dominantes. Generalmente son razas de gran alzada: Dogo Alemán, Perro de Montaña de los Pirineos, perros de trineo e incluso perros más pequeños como Terriers y Teckels. Hay que educar a estos perros con dureza. Necesitan un amo más fuerte que ellos, capaz de imponer su ley, pero sin aterrorizarlos, pues se expondría a transformarlos en perros miedosos y excesivamente sumisos. Cada vez que el perro intente dominar al amo se mostrará agresivo y rebelde; habrá que llamarlo inmediatamente al orden y corregirlo severamente.

Con otras razas, como los Perros de Aguas, Galgos, Beagles y otros perros de caza, este problema no se presenta, pues el amo goza de una autoridad bien definida. El Beagle que domina una jauría no tiene problemas con sus congéneres, pues éstos no pretenden impugnar su autoridad o usurpar su puesto, como ocurre en las jaurías de perros corrientes.
Cuando dos perros viven bajo un mismo techo, establecen una jerarquía entre ellos, que no planteará problemas en principio, mientras el dominante mantenga una posición estable. Pero si está herido o enferma, el otro perro intenta aprovechar estas circunstancias para usurpar el puesto.

Los conflictos de hegemonía
En presencia de dos rivales, el hombre no debe hacer gala de su superioridad ni mostrar protección hacia el más débil en presencia del más fuerte. Este último lo interpretaría como un fallo en la regla de la sumisión y podría atacar al otro perro. Por el contrario, hay que tranquilizar al perro dominante y rodearlo de afecto. Así todo estará claro y la jerarquía será respetada con mayor razón: primero el amo, luego el perro dominante y después el perro dominado.

La dominación del hombre
Algunos perros sumisos muestran con el hombre un acatamiento de tipo infantil y relaciones padre-hijo con el amo. El etólogo Konrad Lorenz ha calificado a estos perros de «tipo chacal». Otros mantienen con el hombre relaciones de tipo social (perros de «tipo lobo», según Lorenz) y consideran al amo como un jefe de jauría a condición de que éste tenga suficiente autoridad para imponerse como tal. Si no, el perro tenderá en la casa a asumir el puesto de dominante que no es adoptado por el amo. Es un fenómeno más corriente de lo que se cree, sobre todo en perros de raza grande en relación con amos tímidos. Cuando el animal impone la ley, se niega a obedecer las órdenes, es indisciplinado en el paseo, defiende a su amo contra los visitantes, a los que ataca, asegura hurañamente sus prerrogativas, gruñe si alguien se sienta en su sillón predilecto y hace difícil la convivencia. En algunos casos, el animal impone su ley a toda la familia y en otros decide qué miembro de la familia es inferior a él.

Para evitar el riesgo de ser dominado por el perro, hay que adoptarlo cuando todavía es un cachorro de ocho semanas aproximadamente. En este período, llamado de «socialización», el perro está preparado para establecer los mejores contactos con el hombre. Éste debe imponer firmemente su voluntad, dar órdenes sin réplica y no admitir nunca las tentativas de rebelión del perro sino recompensarlo siempre que le obedezca bien.

Cuando es joven, el perro intenta morder a su amo alguna vez, para intentar apropiarse del primer puesto; no hay que dejarle nunca que lo consiga, pues, según la ley de la jauría, sería reconocer que es el más fuerte. Es imprescindible corregirlo inmediatamente.
Otra prueba de fuerza sobreviene por lo general cuando un perro alcanza la madurez sexual a los doce meses. El perro que ha sido sumiso con su amo se contentará con simular que le muerde. Por el contrario, si el amo no ha sabido dominarlo, le morderá de verdad.

Incluso si un perro nació dominante, la situación no es irreversible. Una buena educación y un adiestramiento duro, pero sin brutalidad, consiguen en la mayoría de los casos doblegar las tendencias innatas.

PERRO Y GATO
El perro y el gato no se entienden. Todo el mundo lo sabe. El pequeño felino, según algunos, posee una técnica de incitación muy marcada, que induce al perro a perseguirlo. Cuando este último encuentra un gato, incluso en su territorio, muestra casi siempre una actitud amistosa, moviendo la cola. El gato bufa, saca las garras, arquea el lomo y se va. De hecho, el gato tiene una tendencia natural a la huida y el perro a la persecución, como si el comportamiento de uno satisficiese las exigencias del otro y viceversa. Sin embargo, a veces los dos animales comparten el mismo territorio, la casa del amo, sin problemas de convivencia (para el perro, el gato forma parte de la familia). Se entienden perfectamente y cada uno respeta los lugares preferidos del otro. Lo que no les impide librar de vez en cuando algunos combates amistosos, que son sin duda necesarios para su equilibrio.


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